Telediario: una pasión de 47 años

El 23 de julio de 1975, el arquitecto Héctor Benavides tomó la conducción del Telediario; en casi 5 décadas de labor incansable, el titular del informativo ha llevado a los hogares de los nuevoleoneses guerras, desastres naturales, entre otros.

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Monterrey, Nuevo León /

El miércoles 23 de julio de 1975 pasé a ocupar la titularidad del noticiero institucional de Canal 12, ahora Multimedios Televisión. Antes de esa fecha, quien esto escribe conducía el noticiero Nuestra Ciudad, que se transmitía de 12:45 a las 13:00 de lunes a viernes.

Ese 23 de julio renunció el ingeniero Fernando Von Rossum, quien conducía el noticiero de la noche, y yo entré a sustituirlo primero por tres días, luego por tres meses que se han extendido a 47 años cumplidos al día de hoy.

Pedí una oportunidad de conducir el noticiero de la noche a don Jesús D. González y me envió con Francisco A. González, director general de la televisora, quien me dijo que lo hiciera mientras encontrábamos a alguien con experiencia para el noticiero, que era patrocinado por la Sociedad General de Crédito y el Banco de Monterrey.



Así me inicié. Tenía 34 años de edad y una experiencia como locutor de 15 años, ya que empecé en la radio en 1960. Entre 1975 y 1983 el noticiero se transmitió de 22:30 a 23:00; en 1983 se cambió de horario a las 19:30, y a partir de mayo de 1994 se amplió a dos horas, de 19:00 a 21:00, horario que conserva hasta ahora.

Desde su inicio he sido acompañado por un co-conductor o una co-conductora, en orden cronológico: Joaquín Iglesias, Ramiro Marroquín, Américo Leal, Alfredo Penilla, Martha Zamarripa, Ana Haydeé Calderón, Lila Cortés, Azucena Uresti, Tania Díaz, Aliz Vera y Sandra González.

Como debe ocurrir en otras profesiones, a partir de cumplir los 50 años de edad, me han preguntado: “¿Y cuándo piensas retirarte?”. Y mi respuesta sigue siendo la misma: “Cuando ya no tenga algo que decir, me obligue mi salud o, mis directivos lo determinen. Entonces tendré que hacerlo”. Comunicar es mi vida.

Ahora yo pregunto: ¿Qué hubiera pasado si cuando al cumplir 50 años me retiro como lo exigía una revista que estaba al servicio de un partido político y un televidente anónimo que envió una carta a mis directivos calificándome de “arquitecto Prinavides”, o el que me amenazó de muerte en redes sociales en mayo de 2015?

Si hago caso y me rindo, me hubiera perdido el ser testigo en primera fila de acontecimientos tan importantes en la vida de mi ciudad como el huracán Alex (2010), la violencia de los años 2005 a 2012, la pandemia del año 2020 y la crisis del agua de 2022. No hubiera nacido el programa Cambios (1992), ni hubiera celebrado los 400 años de Monterrey con 400 Becas (1996), ni hubiera estado presente en la elección del papa Benedicto XVI (2005).

Si me retiro cuando se declaró la pandemia el 19 de marzo de 2020, fecha en la que me vi obligado por restricción médica a conducir el Telediario desde mi casa y evitar así llevar o traer contagios, no hubiera vivido esta etapa.

Debo confesar que, a pesar de haber tenido etapas de sentir y vivir el miedo muy de cerca, como en julio de 1974, en Las Vueltas, en la frontera de Costa Rica y Nicaragua; en junio de 1979 en Montevideo, Uruguay, o un domingo 3 de marzo de 1968, quizá la etapa más intensa de mi vida conviviendo con el miedo ha sido esta última, a partir del año 2020.

¿Por qué? Al principio por el virus, y en los últimos tres meses, ante el peligro inminente de que ocurra un colapso social en la vida del Área Metropolitana de Monterrey, ciudad que he tenido el privilegio de ver crecer en los últimos 62 años de mi vida profesional en la radio y televisión.

Al terminar estas líneas y ver a mis paisanos de Nuevo León que tienen pozos con agua para poder compartirla y se resisten a hacerlo, ahora sí puedo decir que empiezo a conocer un miedo que no conocía: miedo a tener miedo.

El Telediario de Multimedios me ha enseñado una lección de vida y el poder servir a cinco generaciones, gracias al apoyo de don Francisco A. González Sánchez, sus hijos Jesús Dionisio y Francisco Darío, y por supuesto a don Jesús D. González y la oportunidad que me dio. Por todo ello, ¡muchas gracias!



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