La rutina diaria de cientos de saltillenses no empieza en casa ni termina en el trabajo: empieza en la espera. Retrasos, unidades saturadas y costos en aumento reflejan un sistema de transporte público que, lejos de mejorar, sigue acumulando inconformidades.
De acuerdo con un ejercicio de campo realizado a 100 usuarios —entre estudiantes, amas de casa y trabajadores de entre 13 y más de 45 años— el transporte público en Saltillo se mantiene como un problema persistente que impacta directamente la calidad de vida.
La mayoría de los encuestados reside en el sur de la ciudad (38.9%) y utiliza este servicio de forma diaria (35.2%), lo que revela una fuerte dependencia pese a sus deficiencias.
Esta realidad no es nueva. Las quejas sobre tiempos de espera y condiciones de las unidades han sido una constante en los últimos años, sin soluciones estructurales visibles.
¿Qué fallas perciben los usuarios del transporte público en Saltillo?
Los datos recopilados muestran un patrón claro: el principal problema es el tiempo de espera. Un 35% de los usuarios afirma que las rutas tardan demasiado en pasar, seguido por unidades saturadas (22.5%), manejo imprudente (17.5%) y malas condiciones físicas (12.5%).
En promedio, los tiempos de traslado —incluyendo espera— oscilan entre 30 minutos y hasta dos horas en el 50% de los casos. Esto no solo refleja una baja frecuencia de unidades, sino también fallas mecánicas y rutas incompletas. Como contexto, los mismos usuarios han señalado la relación entre baja cobertura de transporte y aumento en tiempos de traslado en ciudades medias.
Las experiencias personales refuerzan esta percepción. Usuarios reportaron desde acoso verbal hasta fallas mecánicas en pleno trayecto.
“Una vez perdí clases porque el conductor decidió detenerse en una vulcanizadora”, relató uno de los encuestados.
Otros mencionan que muchas rutas dejan de operar temprano, obligando a optar por servicios privados.
¿Quién es responsable y por qué no mejora el servicio?
La percepción ciudadana apunta a una responsabilidad compartida: el 67.5% considera que tanto el gobierno como los concesionarios son responsables de la crisis del transporte público. La falta de regulación efectiva y la ausencia de inversión en modernización aparecen como factores importantes.
El descontento también se extiende al costo del servicio. Un 52.5% de los encuestados no está de acuerdo con la tarifa actual. Según datos del INEGI, entre 2016 y 2026 el pasaje pasó de 9 a 15 pesos, un incremento del 66.6% sin mejoras proporcionales en calidad.
Este fenómeno ha sido abordado en análisis como este, donde se cuestiona la falta de resultados tras los ajustes.
Las unidades, lejos de renovarse, presentan deterioro: asientos dañados, mala ventilación y problemas de limpieza. Para los usuarios, la solución es clara: renovación de camiones (35%) y aumento en el número de unidades (30%).
A nivel estructural, el problema parece más profundo. Datos recientes del INEGI indican que el uso frecuente del transporte público en Saltillo ha disminuido drásticamente: de un 32% en 2015 a apenas entre 10% y 15% en 2024-2025. Este descenso evidencia una pérdida de confianza en el sistema.
A mitad de esta problemática surge la respuesta al cuestionamiento central: el transporte público sigue siendo un problema en Saltillo porque combina falta de inversión, mala regulación y desinterés estructural, mientras la demanda persiste sin alternativas eficientes.
Más allá de cifras, el impacto es humano. El 42.5% de los usuarios afirma sentirse frustrado. Algunos han perdido oportunidades laborales; otros, clases.
“Es eso o no llegar”, resume Iris, estudiante de 20 años que diariamente enfrenta unidades llenas.
Casos como el de la señora Elena, de 57 años, evidencian la percepción general:
“El gobierno no exige y los concesionarios no arreglan nada”.
Mientras tanto, jóvenes como Jesús o Rodrigo normalizan condiciones “pasables”, reflejando una resignación colectiva.
El problema del transporte público en Saltillo no es solo de movilidad, es de desigualdad. Quienes dependen de él invierten más tiempo, dinero y esfuerzo para llegar a sus destinos. Y mientras no exista una estrategia que priorice al usuario, el sistema seguirá avanzando… pero a paso lento.
Con información de Janeth Castillo...
IJCA