Hay victorias que se anuncian con un cinturón. Y otras que se sienten mucho más profundas aunque no puedan colgarse al hombro.
Lo que consiguió Jaime Munguía en Las Vegas ante Armando Reséndiz parece entrar en esa segunda categoría. Porque sí, el tijuanense recuperó un campeonato mundial supermedio de la AMB tras imponerse por decisión unánime. Pero la verdadera historia no estuvo únicamente en el resultado. Estuvo en la manera.
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Durante años, Munguía cargó con una narrativa incómoda: la de ser un boxeador espectacular, agresivo y valiente, pero todavía atrapado entre el instinto y el descontrol. Un peleador capaz de emocionar a cualquiera, aunque muchas veces peleando como si quisiera resolver toda su carrera en un solo round.
Ante Reséndiz, apareció algo distinto: más calma, más lectura, más inteligencia emocional arriba del ring. Munguía no salió desesperado a buscar el nocaut para convencer a nadie.
Por primera vez en mucho tiempo pareció cómodo administrando el combate, entendiendo los momentos y dejando que la pelea respirara. Y quizá por eso, cuando habló después del triunfo, sonó diferente.
¿Qué dijo Jaime Munguía tras vencer a Armando Reséndiz?
Luego de recuperar el campeonato mundial, Munguía aseguró que sintió esta actuación como una de las mejores de toda su carrera profesional. Pero más allá de la frase, lo importante fue el tono con el que lo dijo.
No parecía un boxeador intentando vender confianza. Parecía uno que finalmente volvió a encontrarla.
“Considero que es de mis mejores peleas, si no es que la mejor. Me sentí muy bien en todos los aspectos”, apuntó.
La sensación alrededor del tijuanense fue distinta porque esta vez no necesitó convertir la pelea en una guerra innecesaria para demostrar carácter. Supo controlar los ritmos, administrar la distancia y evitar caer en intercambios impulsivos.
En un boxeo mexicano históricamente asociado al caos ofensivo, Munguía dio señales de evolución.
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¿Qué cambió en Jaime Munguía con Eddy Reynoso?
Parte importante de esa transformación parece venir del trabajo junto a Eddy Reynoso. Munguía reconoció que el ajuste no nació únicamente en este campamento, sino en un proceso más largo de preparación física, técnica y mental. Y arriba del ring se notó.
Esta vez no parecía un peleador obsesionado con demostrar fuerza. Parecía alguien que entendió cuándo utilizarla.
“Se notó el trabajo que hicimos, pues no sólo fue el campamento. Veníamos trabajando desde antes”, destacó.
A los 29 años, Munguía ya no vive en esa zona cómoda donde todavía puede ser visto únicamente como “promesa”.
Ahora pelea en una división donde habitan nombres que no perdonan errores: Dmitry Bivol, Artur Beterbiev o David Benavidez, boxeadores capaces de desnudar cualquier desorden técnico o emocional.
Por eso esta victoria tiene más valor del que aparenta. No porque automáticamente coloque a Munguía por encima de esos nombres, sino porque dejó una sensación diferente: la de un peleador que por fin empieza a entender cómo competir en la élite sin perderse dentro de su propia intensidad.
Fernando Beltrán, director de Zanfer Boxing, respaldó el crecimiento del campeón y confirmó que la alianza con Reynoso continuará, convencidos de que todavía existe margen para potenciar mucho más al tijuanense. Y quizá ahí está lo verdaderamente interesante.
Porque después de años de reflectores, expectativas y dudas alrededor de su techo competitivo, Jaime Munguía parece haber encontrado algo mucho más difícil de construir que un campeonato mundial: la calma.
JO