Rita Reidel nació en un mundo donde la realidad se definía desde adentro y cualquier versión externa de la vida era vista como una amenaza. Lo que parecía una infancia en una casa enorme en Olivos, rodeada de familias y reglas estrictas, era en realidad el epicentro de una secta diseñada para el control absoluto en Argentina.
Hoy, con la lucidez que le otorgan años de terapia, Rita es categórica: “Nadie nace sabiendo que vive dentro de una secta”.
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“Mica”: El líder que prohibió la palabra “papá”
El centro de este universo era Miguel Reidel, conocido por sus seguidores como “Mica”. Según el relato de Rita, su padre se proclamaba el “elegido de Dios” y lideraba una red de comunidades que se extendía por Bariloche, La Plata, el conurbano bonaerense e incluso Chile. Bajo la fachada de una institución de ayuda, la organización funcionaba con una lógica de sumisión total.
Uno de los detalles más perturbadores era la prohibición de llamarlo “papá” en público; sus hijos debían referirse a él como “Mica”. Esta medida servía para ocultar una doble vida de poligamia, con múltiples esposas e hijos dentro de la comunidad.
“En su discurso los hombres podían tener muchas mujeres, pero las mujeres no. Eso estaba completamente aceptado”, relató Rita. Además, el aislamiento era clave: la familia materna de Rita era calificada como “demoníaca” y se le prohibía cualquier contacto con ellos o recibir sus regalos.
La normalización del abuso sexual y la hipersexualización
El testimonio de Rita describe un entorno de hipersexualización constante. Los abusos no eran hechos aislados, sino parte de una dinámica permitida y, en ocasiones, pública.
“Había adultos que nos daban besos en la boca; las niñas éramos obligadas a saludarlos así”, denunció la joven en una entrevista exclusiva.
Rita recordó prácticas estremecedoras de otros miembros de la secta: un hombre solía alzar a los niños “tipo koala” para apoyar sus genitales contra ellos y manosearlos frente a los demás.
“No es que alguien te decía 'esto está mal'. Para nosotros era lo normal”, lamentó. En su propio hogar, el acoso de su padre era una presencia nocturna aterradora: “Me despertaba a la noche con él agachado al lado mío. Me decía que me estaba orando. Eso se repitió muchísimas veces”.
El idioma del miedo: castigos a las 3 de la mañana
La disciplina impuesta por Miguel Reidel se basaba en el terror psicológico y la humillación física. Rita describe que el miedo “se instalaba en el cuerpo” y se manifestaba como un dolor de panza constante ante la sola presencia de su padre.
Los castigos eran extremos y arbitrarios:
• Privación del sueño: Reidel despertaba a los niños a las tres de la mañana revoleando objetos si consideraba que la limpieza de la casa no era perfecta.
• Exposición al frío: Rita recordó con dolor cómo su padre sacaba a su hermano “al patio en calzones hasta que se le pasara el llanto”, bajo la premisa de que llorar era de “maricones” o de “débiles”.
• Sometimiento espiritual: Cualquier gesto de autonomía o rebeldía en las mujeres era atribuido a la influencia del demonio.
La figura de la madre: una “esclava” captada a los 15 años
La historia de la madre de Rita refleja la asimetría de poder dentro de la secta. Conoció a Miguel Reidel cuando ella tenía apenas 15 años y él le llevaba 15 años de diferencia. Rita la describe como una mujer “triste y sometida”, que tras haber tenido problemas de adicción, quedó atrapada en el sistema de su padre. “Intentó huir en varias oportunidades, pero no pudo... Era su esclava”, resumió la joven.
El escape y la cruda realidad del "mundo exterior"
Tras años de infierno, Rita logró huir a los 15 años durante la noche, mientras su padre dormía. Se fue cargando una caja con ropa para sus gatos y un sentimiento de culpa que la acompañaría por años: “Me fui con toda la culpa de dejar a mi hermano ahí”.
Sin embargo, la libertad fuera de la secta no trajo paz inmediata. Sin herramientas para vincularse sanamente, Rita atravesó etapas de extrema vulnerabilidad, incluyendo el consumo de drogas y la prostitución como medio de supervivencia económica. “Yo solo sabía construir vínculos tóxicos. Era lo único que conocía”, admitió.
Reconstrucción y el pedido de justicia
Actualmente, Rita reside en La Plata, donde estudia Mecánica Dental y costea sus gastos mediante la venta de contenido en plataformas para adultos. Aunque convive con un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad derivado de los traumas vividos, ha logrado establecer una estabilidad que antes le parecía imposible.
En el ámbito judicial, la batalla ha sido cuesta arriba. En 2023 presentó una denuncia en El Bolsón, pero la causa fue archivada por falta de pruebas y conflictos de jurisdicción, indicándole que debía denunciar nuevamente en Buenos Aires.
A pesar de las trabas y las amenazas legales que ha recibido por parte de la organización, su determinación permanece intacta: “Yo no me voy a callar. Merezco justicia. Merezco que él vaya a explicar qué hizo todos estos años”. Su objetivo final es claro: intentar reparar, en la medida de lo posible, lo que fue roto durante su infancia.