El frío fue lo último que sintió Yolanda aquella noche. No el del clima, sino el que se mete cuando algo no está bien y uno todavía no sabe por qué.
Mario Alberto Ruiz Ramos se despidió varias veces antes de irse a trabajar. No era costumbre. Entraba al cuarto, salía, regresaba, abrazaba otra vez.
Le dijeron que no fuera. Que hacía mucho frío. Que podía faltar un día. Pero él respondió lo que respondía siempre: tenía que trabajar.
“Y ese día de la tragedia, él se despidió varias veces. Estaba haciendo mucho frío. Y vino y se despidió porque su papá tenía dos días de operado y había salido ese día del hospital. ¿Verdad que lo operaron de la vesícula y venía a verlo y decía Ay mundo, dice cómo me puede tanto? Dice que es así .
"Yo no poder ayudarte dice. Pero ya vine porque me voy a ir a trabajar. Y le dijo mi esposo dice ‘Oye, hace mucho frío, pues no vayas’. Y decía no, es que ahora tengo que trabajar porque ya tengo a mi hijo. Como tenía otras dos niñas”, comentó Yolanda Ramos, madre de minero de Pasta de Conchos.
En enero había nacido su hijo. Después de dos niñas, por fin el varón. Ahora tenía tres hijos y una responsabilidad que no se pospone. Antes de salir cargó al bebé. Lo llevó hasta la cama donde estaban todos reunidos y lo dejó junto a su hermana.
Prometió regresar con chocolate y bisquetes. Pero no volvió.
“Se despidió y nos dio el beso. Y que otro día llegaba con él, con el chocolate y los bisquetes. Dije bueno, pues primero Dios, aquí te esperamos y esperamos que todo salga bien. Pero todavía le insistimos en que no fuera porque estaba muy helado”, agregó Yolanda.
Madre de minero se enteró de la tragedia a través de las noticias
La noticia no llegó con una llamada oficial. Llegó por la televisión. “Tragedia en Pasta de Conchos”. “65 mineros”. “Explosión”. Palabras que al principio no tenían sentido porque Yolanda sabía que su hijo trabajaba en la mina ocho. No sabía que era lo mismo.
Fue su esposo quien no soportó más el silencio. Cuando ella le preguntó directamente si era ahí donde trabajaba Mario, se le salieron las lágrimas. No hizo falta nada más.
Los días se volvieron meses. Los meses, años. Cerraron la mina. Dijeron que no había condiciones para rescatar los cuerpos. Pero Yolanda y su esposo siguieron yendo. No eran viudos, eran padres. Y los aceptaron como parte de ese grupo que se convirtió en familia bajo la tragedia. Fueron 18 años de espera. 18 inviernos.
“Llegó una amiga a las 05:00 a dejar la barbacoa y tortillas, y nos dijo cómo está, cómo se siente. No han tenido noticias de que. Pero fue todo lo que me dijo. Pero entonces, cuando yo me vine a abrir la puerta y la recámara estaba ahí en medio, yo vi que mi marido prendió la tele y oí que dijeron: ‘Es una gran tragedia; murieron 65 mineros’”, dijo la madre del minero.
En 2024 comenzaron a recuperarse restos. La confirmación llegó hasta marzo del año siguiente.
Yolanda había guardado durante todo ese tiempo las radiografías de su hijo. En la tibia izquierda tenía una placa de platino de 30 centímetros con 11 tornillos. Era imposible confundirlo.
Cuando le dijeron que sí era él, no gritó. No se desmayó. Sintió algo distinto. La certeza. Después de casi 2 décadas, sabía dónde estaba su hijo.
Su esposo no alcanzó a saberlo. Murió en 2021, después de una cirugía por tumores cerebrales. Pasó sus últimos años esperando ese momento que nunca vio llegar.
Mario dejó tres hijos. Una joven que reconoció como propia desde que tenía tres meses de edad. Dos hijas más. Y aquel bebé por el que dijo esa noche que tenía que ir a trabajar. Hoy ese niño tiene 20 años.
Hay historias que no terminan cuando ocurre la tragedia. Terminan cuando la tierra devuelve un nombre. Y Yolanda esperó 18 años para volver a pronunciar el de su hijo con la certeza de que, al fin, había regresado a casa.