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Adrián Alfredo Alvarado Flores


Cae Tenochtitlán, nace México

La ciudad de Tenochtitlán era la capital del imperio Mexica antes de la conquista española / Thomas Kole.
Adrián Alfredo Alvarado Flores
México

El pasado 13 de agosto se conmemoró un acontecimiento muy importante para la historia de México: fue un 13 de agosto, pero de 1521, cuando cae Tenochtitlán, la capital del señorío mexica, luego de un asedio de tres meses.

Y lo que tradicionalmente se nos ha planteado como una tragedia fundacional está empapado en mitología nacionalista, bulos e interpretaciones que considero tóxicas para construir una narrativa nacional positiva.

Empecemos por describir a los actores.

Hoy en día todos nos identificamos como el país heredero de los mexicas. Parece lógico: nuestro país lleva el nombre de su capital, México-Tenochtitlán, aunque esa conexión es en realidad escasa para la gran mayoría de personas; todos sabemos que Quetzalcóatl es una serpiente emplumada, que Tláloc es el dios de la lluvia y poco más.

Para más INRI, la derrota de los mexicas frente a los españoles en la conquista es, para muchas personas, un acontecimiento emocionalmente vivo, que enoja e indigna a personas de la actualidad.

Hablemos entonces de cómo un pueblo de tierras lejanas llegó a Mesoamérica, conquistó y sometió a las culturas ancestrales que existían, borró su historia, quemó sus registros e impuso a su propio dios. Así es, estoy hablando de los mexicas.

¿Quiénes eran los mexicas? También conocidos como aztecas, por su mitología fundacional en la que dicen provenir de un lugar llamado Aztlán, se trató de un señorío que dominó gran parte de Mesoamérica entre los siglos XV y XVI, particularmente a partir de 1428, con la formación de la Triple Alianza, hasta la llegada de los españoles en 1519.

Estos mexicas, de habla náhuatl, provenían, según su propia tradición, de algún punto al norte del Valle de México. Su ubicación exacta —Aztlán— sigue siendo objeto de debate entre historiadores: no hay consenso, y las hipótesis van desde el actual estado de Nayarit hasta, en sus versiones más especulativas, el suroeste de Estados Unidos. Eventualmente se establecieron en el valle de México.

Cuando los mexicas llegan a la región, son vistos como un pueblo sin rostro: bárbaros, chichimecas recién llegados, sin territorio ni linaje reconocido. Al principio se emplean como mercenarios de otros señoríos, aprovechando su fama de pueblo belicoso. Al servicio de Culhuacán, sin embargo, terminan traicionando a sus anfitriones: según la tradición, pidieron al gobernante Achitómetl que les entregara a su hija para convertirla en esposa de su dios; la sacrificaron y la desollaron, y un sacerdote se presentó ante el propio Achitómetl vistiendo su piel como parte del ritual. El episodio provocó su

expulsión de Culhuacán. Ya asentados en su islote, los mexicas tejen alianzas con otros pueblos hasta convertirse, con el tiempo, en la fuerza dominante del valle. Me recuerda a cómo los turcos se apropiaron del islam.

Tenochtitlán es fundada hacia el año 1325, en un islote del lago de Texcoco. (Es preciso aclarar esto, ya que algunas personas en internet se la imaginan como una especie de ciudad flotante o con una tecnología insólita, y no es el caso.)

Un siglo después de la fundación, hacia 1430, un hombre que va a decidir cómo se cuenta la historia mexica llega al poder, aunque no como tlatoani: Tlacaelel.

Tlacaelel fue el cihuacóatl, una especie de primer ministro o segundo al mando. Se mantuvo en el puesto durante más de cincuenta años, viendo pasar a cuatro gobernantes. Su primer gran acto de gobierno, recién liberados los mexicas del yugo tepaneca de Azcapotzalco, fue mandar quemar los códices existentes, pues no convenía que el pueblo conociera "las pinturas" y la realidad de lo que habían sido: un pueblo advenedizo, chichimeca, mercenario, sin abolengo tolteca ni derecho divino a nada.

Con el pasado borrado, Tlacaelel se dedicó a escribir uno nuevo. Y su obra descansó en tres pilares.

El primero: un dios de segunda subido al primer lugar del panteón. Huitzilopochtli, patrono tribal de un pueblo errante, es elevado por decreto a divinidad solar-guerrera, motor mismo del cosmos, con un mito de nacimiento parcialmente copiado de otras deidades preexistentes.

El segundo: reescribir la genealogía para ganar legitimidad. Los mexicas se emparientan retroactivamente con los toltecas, la civilización que en Mesoamérica equivalía a tener sangre azul. De hecho, el nombre tolteca significa "constructor maestro", y de ellos proviene, a decir verdad, la gran mayoría de los elementos culturales —dioses incluidos—que actualmente relacionamos con los mexicas.

(Algo muy similar a lo que hicieron los romanos con la Eneida de Virgilio para hacerse pasar por descendientes de los héroes de Troya, o los judíos con su "tierra prometida por Dios".)

El tercero: una teología sanguinaria que convierte la guerra en obligación religiosa. Establecieron que el sol necesitaba sangre para no apagarse. La conquista y el tributo dejaron de ser solo un asunto político y económico, para convertirse en deberes para con los dioses.

De ahí nace, de manera institucional, la Guerra Florida: guerras rituales pactadas bajo amenaza con los pueblos vecinos —Tlaxcala entre ellos— para garantizar un flujo constante de cautivos para sacrificio, a tal punto que los historiadores modernos calculan, en su punto más bajo, unos 20 mil sacrificios humanos al año: ¡un promedio de

50 corazones arrancados aún palpitando, cada día! Una aberración diseñada para mantener a poblaciones como la propia Tlaxcala sometida, hostil y beligerante a propósito, sin acabar de exterminarla.

Con esta historia, no es de sorprender que, cuando Hernán Cortés llegó a tierras de Mesoamérica, totonacas, tlaxcaltecas, huejotzincas, cholultecas, texcocanos, chalcas, xochimilcas, otomíes y, al final, tlacopanecas se unieran a él, ni que, en especial, los guerreros de Tlaxcala se ensañaran con violencia al entrar a la ciudad lacustre.

Tenochtitlán cayó un 13 de agosto de 1521 ante un ejército de 200,000 guerreros de Tlaxcala, Texcoco, Huexotzinco y Cempoala, y tan solo unos 1,500 españoles.

Esto, por donde se vea, difícilmente puede interpretarse como una conquista española, sobre todo si tomamos en cuenta cómo se organizó el gobierno posterior a esto (pero eso es tema para otra columna). Más saludable para la memoria nacional sería reconocer en este hecho una victoria fundacional: una alianza de los oprimidos contra su opresor.

La caída de Tenochtitlán representa la caída del orden sangriento impuesto por los tlatoanis y urdido por Tlacaelel, y el nacimiento de una nueva cultura, una nueva era para el mundo.

Gracias a los de Castilla y los de Tlaxcala, nació una nueva civilización, una cultura, una forma de ver la vida que se extiende desde la Tierra de Fuego hasta San Francisco.

Aquel 13 de agosto cayó Tenochtitlán; un minuto después, México comenzó a gestarse.

noticia escrita por
Adrián Alfredo Alvarado Flores

Ingeniero en Logística Internacional con Maestría en Innovación Educativa con mención honorífica. Experiencia en docencia universitaria, coordinación académica y proyectos de mejora industrial y comercial. Ha participado como jurado y asesor en concursos nacionales, capacitador y moderador en foros académicos, con certificaciones en docencia digital.

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