Cosas Banales
Caminito de la escuela
Me contó alguna vez mi papá que, desde el primer día de clases (calculo que habrá sido por ahí del ciclo escolar 1950-1951), no comenzó precisamente con una fotografía sosteniendo un pizarroncito que dijera: "Mi primer día de primaria"
Comenzó cargando agua, pues antes de irse a la escuela, mis abuelos mandaban a mi papá y a sus dos hermanos, jofainas en mano, a sacar agua del pozo del pueblo para tener con qué pasar el día.
Los acompañaba un burrito que, por esas extrañas decisiones familiares, terminó siendo mi tocayo.
Terminada la faena, venía el desayuno consistente en frijoles, tortillas y chiles serranos.
Mi papá reprobó varias veces cuarto año de primaria y lo cuenta con cierto orgullo porque, décadas después, lee y escribe mejor que algunos que presumen licenciatura y maestría.
Pero los tiempos cambian. Yo, por ejemplo, ni siquiera cursé el kínderñ. Me llevaban, lloraba y terminaba escapándome por entre los barrotes.
Hace poco pasé frente a aquella escuela y descubrí que ya cerraron todos los espacios por donde podía fugarse un niño. Quiero pensar que fue en mi honor.
Después tuve una maestra particular y terminé incorporándome a la primaria. Ahí conocí a Ángel Salas, mi primer gran amigo de la vida, y después a José de Jesús Ramírez.
Lo maravilloso era que el regreso a clases comenzaba semanas antes.
Había mochila nueva, útiles nuevos, lonchera nueva, uniforme nuevo y zapatos que, durante los primeros tres días, cuidábamos como si fueran Ferragamo y que para octubre ya servían hasta para jugar futbol.
También estaban los amigos.
Querías saber quién había reprobado, quién se había cambiado de escuela y quién sería el nuevo del salón.
Y, naturalmente, estaba la niña bonita.
Uno regresaba esperando encontrarla todavía más bonita o, siendo francos, descubrir que había llegado otra más bonita.
Conforme crecíamos, se agregaban preocupaciones egoemocionales como peinarse, estrenar ropa y ponerse suficiente perfume para que nadie pudiera detectar que habías desayunado huevo con chorizo.
Uno se volvía vanidoso, y los que crecimos en los ochenta y noventa tuvimos padres presentes, pero generalmente sin chofer.
El primer día te acompañaban, conocían al profesor, preguntaban dos o tres cosas y se despedían.
A partir del segundo te decían: "Ya sabes cómo llegar". Y sobrevivimos.
Hoy, el regreso a clases parece cobertura especial de alfombra roja.
Foto despertando, desayunando, con uniforme, subiendo al automóvil, bajando, entrando a la escuela, con el letrero de "Mi primer día".
Y, finalmente, la selfie de mamá o papá con los ojos vidriosos porque "su bebé está creciendo".
Y no está mal.
Cada generación demuestra el amor como aprendió a hacerlo... o a necesitarlo.
Aunque hay que reconocer que algunos chamacos llegan ahora a la escuela como futbolistas entrando al estadio: con mochila de diseñador, termo de litro y medio, audífonos, reloj inteligente y cara de "sin preguntas, por favor".
Mi papá llegó alguna vez a su escuela después de cargar agua de un pozo.
Yo llegué después de haber intentado escapar del kínder.
Nuestros hijos llegan fotografiados desde que abrieron los ojos.
Son épocas distintas.
Ojalá aprendan a equivocarse, a perder, a compartir, a levantarse, a hacer amigos y a entender que el mundo no siempre estará dispuesto a concederles todo.
Porque la escuela puede enseñarles muchas cosas, pero hay dos materias que todavía no aparecen en ninguna boleta porque se imparten en casa: el carácter y el amor.
Conductor de Telediario y MVS Noticias, columnista de Milenio, corresponsal nacional y analista internacional, he pasado buena parte de mi vida profesional hablando de política, gobiernos, elec...
Conductor de Telediario y MVS Noticias, columnista de Milenio, corresponsal nacional y analista internacional, he pasado buena parte de mi vida profesional hablando de política, gobiernos, elecciones, crisis, personajes públicos y de esos asuntos que solemos colocar bajo la etiqueta de “importantes”. Pero no todo lo importante aparece en las noticias. “Cosas banales” nace precisamente de esa sospecha. Es un espacio para hablar de aquello que ocurre cuando se apagan las cámaras, termina el noticiero y la política deja de ocupar todo. Aquí caben la familia, los hijos, los amigos, los restaurantes, las modas, las tendencias y los amoríos. También caben las contradicciones, los recuerdos incómodos, las carcajadas, alguna que otra imprudencia y el saludable ejercicio de aprender a reírse de uno mismo. Después de tantos años dedicado a contar lo que sucede afuera, abro esta columna para contar lo que sucede adentro.
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