Política

Cosas Banales

Alberto Rueda


Dónde descansar el “saco de huesos”

Imagen ilustrativa de un cementerio con la ciudad de Puebla al fondo | | Gemini
Alberto Rueda
Puebla, Puebla

Qué complicado es hablar de la muerte. No porque no sepamos que existe, sino porque quizá le tenemos tanto miedo ya que es la única cita de nuestra agenda que sabemos, con absoluta certeza, que no podremos cancelar

Evitamos hablar de ella, cambiamos de tema, tocamos madera y hasta pensamos que mencionarla es una manera de invocarla. Y así vamos por la vida ocupándonos de la renta, las colegiaturas, el seguro del coche y las vacaciones de diciembre, pero dejando para después el pequeño detalle de qué demonios queremos que hagan con nosotros cuando ya no estemos.

Mi padre, por ejemplo, tiene 80 años y pertenece a esa generación que todavía confía mucho en la palabra. No ha querido poner demasiado orden en el asunto del testamento. Sus deseos sobre lo que quiere dejar a sus cuatro hijos han sido expresados, básicamente, de palabra y bajo un principio conmovedor de la buena voluntad. Él está convencido de que su familia cumplirá sin chistar su última voluntad. Si supiera la cantidad de familias que terminan en una carnicería cuando aparece una propiedad de la que adueñarse sin esfuerzo.

En mi caso, puedo estar tranquilo; mi padre ya me dio mi herencia. Se trata de un machete que su compadre Bardomiano le regaló hace treinta años. Hace un par de años me lo entregó a escondidas: “Guárdalo, no vayan a enojarse tus hermanos”. Así que, llegado el momento, mientras mis hermanos discuten escrituras o terrenos, yo podré contemplar serenamente mi machete, que ya usé para cortar leña para la fogata de diciembre.

Pero hace días, mi esposa puso sobre la mesa otro asunto: ¿Dónde vamos a descansar cuando llegue la hora de guardar definitivamente el costal de huesos?. La pregunta es bastante práctica. Durante muchos años pensé que uno debía volver al lugar donde nació; yo lo hice en la clínica de San José Alchichica, pero ahora entiendo que probablemente no será el lugar que me vea partir.

Después vino Xalapa y durante mucho tiempo dije que ahí quería ser enterrado. Sin embargo, hace 24 años llegué a Puebla y dejé de sentir que estaba en una ciudad ajena. Aquí nacieron mis tres hijos y mi esposa es más poblana que la cemita. Uno cree que las raíces vienen en el acta de nacimiento, pero a veces aparecen después, cuando uno encuentra el lugar donde decidió quedarse; y yo encontré a Puebla. Amo esta ciudad y, si las circunstancias lo permiten, aquí quiero morir.

Mi intención sería compartir con mi esposa, literalmente, hasta la tumba. Pero existe una cláusula: si tengo la mala educación de morirme pronto, ella tendrá derecho a rehacer su vida y compartir la eternidad con alguien más. Si así ocurre, ya me amolé. He llegado a la conclusión de que el orden natural no consiste en regresar junto a nuestros padres, sino en descansar junto a la persona con la que fuimos felices.

Mis hijos algún día harán su propia vida y, cuando llegue su momento, espero que quieran descansar no junto a mí, sino con quienes construyeron su propia historia. Reconocerlo produce una tristeza extraña porque significa aceptar que probablemente no regresaré a descansar junto a mi madre ni junto a mi padre. También significa entender que mis hijos probablemente tampoco descansarán junto a mí, y está bien. Porque quizá amar también consiste en aceptar que nuestros hijos no nos pertenecen ni siquiera para la eternidad.

Parece que hasta para escoger dónde voy a pasar la eternidad tenía que llevar la contraria. Después de todo, alguien tiene que ser la oveja negra; sería una descortesía dejar de serlo solamente porque me morí.

noticia escrita por
Alberto Rueda

Conductor de Telediario y MVS Noticias, columnista de Milenio, corresponsal nacional y analista internacional, he pasado buena parte de mi vida profesional hablando de política, gobiernos, elecciones, crisis, personajes públicos y de esos asuntos que solemos colocar bajo la etiqueta de “importantes”. Pero no todo lo importante aparece en las noticias. “Cosas banales” nace precisamente de esa sospecha. Es un espacio para hablar de aquello que ocurre cuando se apagan las cámaras, termina el noticiero y la política deja de ocupar todo. Aquí caben la familia, los hijos, los amigos, los restaurantes, las modas, las tendencias y los amoríos. También caben las contradicciones, los recuerdos incómodos, las carcajadas, alguna que otra imprudencia y el saludable ejercicio de aprender a reírse de uno mismo. Después de tantos años dedicado a contar lo que sucede afuera, abro esta columna para contar lo que sucede adentro.

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