Política

Cosas Banales

Alberto Rueda


La apropiación de las estampitas

Los juguetes nunca pertenecen realmente a los niños, al final los adultos terminan usándolos para saldar cuentas pendientes con el pasado |Cuartoscuro | Agencia Cuartoscuro
Alberto Rueda
Puebla, Puebla

Tengo la teoría de que los juguetes nunca son de los hijos; solo los estrenan.

Recuerdo vagamente, en mi infancia, a mi hermano —ocho años mayor que yo— sentado en la mesa pegando estampas de algún Mundial. Él era el consentido de mi mamá y ella le concedía esos caprichos. Yo, en cambio, jamás entendí cuál era la emoción de comprar sobres para llenar un álbum. Nunca tuve uno, ni lo pedí, y ni me hizo falta… o eso creía.

Todo comenzó antes del inicio del Mundial, durante una sobremesa:

—Todos los compañeros de Chema ya traen el álbum del Mundial… ¿se lo vamos a comprar?

Mi respuesta fue inmediata:

—Para qué. Si no lo pide, no le des cuerda.

El niño hizo referencia un par de veces y la respuesta fue la misma:

—Después vemos.

El tema murió… por un par de días, pero después volvió.

La escuela organizaría intercambios de estampitas y prácticamente todos los niños ya llevaban su álbum bajo el brazo.

Mi esposa volvió a insistir:

—No quiero que se sienta excluido.

Yo pensé que la que no quería quedar excluida era ella, del grupo de las mamás.

Y ahí estaba yo, convertido otra vez en el ogro de la historia.

La verdad es que ya había investigado cuánto costaba la gracia: el álbum, los sobres, las ediciones especiales y la posibilidad muy real de gastar miles de pesos para conseguir fotografías de futbolistas que ni siquiera sabíamos si terminarían convocados al Mundial.

Al final, como buen mandilón, acepté, pero puse una condición: iríamos caminando un sábado hasta la tienda de Panini, junto al Teatro Principal.

Siete kilómetros y medio después, bajo un sol que parecía patrocinado por el infierno, llegamos… para descubrir que todo estaba agotado.

El niño soltó a llorar desconsolado, mientras «googleábamos» dónde más conseguirlo.

Así fue como terminamos en un quiosco de periódicos del zócalo.

Por supuesto, eligieron el álbum plastificado, el caro, el que originalmente costaba 350 pesos y que, gracias a la ley de la oferta y la demanda, ya se vendía en 500. La primera inversión rondó los mil quinientos pesos.

Nos sentamos en un Starbucks y comenzó el ritual. La primera estampa quedó mal pegada. Entonces descubrimos que TikTok también sirve para enseñar a despegar estampitas sin romperlas. Aparecieron dos Cristiano Ronaldo.

Y, sin darme cuenta, empecé a opinar: que si esa iba aquí, que si aquella era especial, que si mejor abríamos otro sobre.

Al llegar a la casa, mi hijo desapareció a jugar, pero nosotros no. La mesa del comedor se convirtió en un centro de operaciones.

Clasificábamos por selecciones, por escudos, por especiales. Inventamos nuestro propio sistema para encontrar más rápido cada página del álbum. Descargamos aplicaciones para registrar repetidas, investigamos dónde había intercambios y hasta aprendimos cuáles estampas solo se conseguían comprando cierto refresco.

Mientras tanto, yo escuchaba música y me servía un ron.

Sin decirlo en voz alta, el álbum ya había dejado de ser de Chema; era nuestro.

Mi esposa y yo empezamos a negociar intercambios con otros papás en fiestas infantiles, restaurantes y plazas públicas.

Nunca imaginé verme discutiendo apasionadamente si un delantero de Argentina valía dos defensas de Corea. Aunque, siendo honestos, eso terminó ocurriendo.

Fue precisamente durante uno de esos intercambios cuando mi hijo menor salió disparado de un trampolín y cayó de lleno sobre el hombro.

Recuerdo perfecto que el otro papá me dijo:

—¿No quieres ir a ver si fue algo serio?

Y yo, sin despegar la vista de las estampitas, respondí:

—No… ahorita se levanta.

Spoiler: no se levantó y terminamos en el hospital con una fractura de clavícula.

Todavía hoy me da un poco de vergüenza admitirlo.

Con los días entendí que el álbum nunca fue para mi hijo, sino que fue para nosotros.

Para esa generación que, de niños, veía cómo otros llenaban álbumes mientras en casa nos explicaban que era un gasto innecesario.

Para quienes crecimos pensando que esas cosas eran un lujo.

Quizá por eso ahora abrimos sobres con la emoción que no pudimos tener hace treinta años.

Quizá por eso discutimos intercambios como si estuviéramos negociando un tratado internacional.

Quizá por eso terminamos apropiándonos de un juego que comenzó siendo de nuestros hijos.

Lo curioso es que ellos, tarde o temprano, terminan corriendo a jugar otra cosa.

Los que seguimos sentados alrededor de la mesa somos nosotros.

Buscando esa última estampa que, en el fondo, nunca ha sido de un futbolista, sino un pedacito de infancia que creíamos perdido.

Y que apareció, inesperadamente, dentro de un sobre de Panini.

noticia escrita por
Alberto Rueda

Conductor de Telediario y MVS Noticias, columnista de Milenio, corresponsal nacional y analista internacional, he pasado buena parte de mi vida profesional hablando de política, gobiernos, elecciones, crisis, personajes públicos y de esos asuntos que solemos colocar bajo la etiqueta de “importantes”. Pero no todo lo importante aparece en las noticias. “Cosas banales” nace precisamente de esa sospecha. Es un espacio para hablar de aquello que ocurre cuando se apagan las cámaras, termina el noticiero y la política deja de ocupar todo. Aquí caben la familia, los hijos, los amigos, los restaurantes, las modas, las tendencias y los amoríos. También caben las contradicciones, los recuerdos incómodos, las carcajadas, alguna que otra imprudencia y el saludable ejercicio de aprender a reírse de uno mismo. Después de tantos años dedicado a contar lo que sucede afuera, abro esta columna para contar lo que sucede adentro.

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