Cosas Banales
La escuela en modo avión
En nuestros tiempos, en la escuela de los ochenta, uno podía distraerse con pocas cosas.
El ábaco, el juego de geometría o sacarle punta al lápiz hasta dejarlo del tamaño de un cacahuate.
Ya más grandes, en la secundaria, llegó la calculadora científica que hasta parecía tecnología de la NASA.
Había quienes tenían una Casio con tantas funciones que jamás supimos para qué servían la mitad de sus botones, pero de alguna manera, nos hacía sentir más inteligentes.
Nuestra gran red social era “El Chismógrafo” donde no había la opción de “eliminar para todos”.
Hoy la historia es completamente distinta.
Los niños y adolescentes llegan a las aulas con teléfonos que cuestan más que un viejo “Vocho”.
Y estos aparatos sirven para todo. Para llamar a mamá, mandar un WhatsApp, tomar fotografías, grabar videos, jugar, escuchar música, consultar TikTok, subir una historia, revisar Instagram, preguntarle una tarea a la Inteligencia Artificial y de paso, enterarse de que su compañero acaba de publicar una foto, aunque esté sentado dos pupitres adelante.
¿Hay que sacar los teléfonos de las escuelas?
Yo creo que sí.
Y de hecho, a partir del 3 de noviembre, en las escuelas de educación básica los celulares y otros dispositivos personales no podrán utilizarse durante las clases, ni siquiera durante el recreo, salvo excepciones como emergencias o actividades pedagógicas específicas.
Y no somos precisamente pioneros pues la UNESCO reportó que 114 sistemas educativos (países) ya cuentan con prohibiciones nacionales sobre teléfonos celulares en las escuelas.
Si bien estos dispositivos pueden abrir una biblioteca entera, resolver una duda en segundos y hasta convertirse en una extraordinaria herramienta educativa, también puede provocar que un alumno esté físicamente sentado frente a su maestro y mentalmente se encuentre a kilómetros de distancia viendo quién le dio like a su última publicación.
Esta medida también permitirá que el recreo sea veinte o treinta minutos para correr, jugar futbol con una botella aplastada, intercambiar estampas, comprar unas papas, enamorarse por primera vez o simplemente aprender a hablar con el otro.
O lo peor que podría pasar es que los chamacos se aburran, pero en nuestros tiempos, del aburrimiento salían cosas, como inventar juegos, hacer amigos, pelearnos, reconciliarnos y pensar.
Pero lo más sencillo es exigirle a un niño que guarde el teléfono durante seis horas. Lo complicado será explicarle por qué debe hacerlo mientras nosotros somos incapaces de dejar el nuestro durante una comida de cuarenta minutos.
Conductor de Telediario y MVS Noticias, columnista de Milenio, corresponsal nacional y analista internacional, he pasado buena parte de mi vida profesional hablando de política, gobiernos, elec...
Conductor de Telediario y MVS Noticias, columnista de Milenio, corresponsal nacional y analista internacional, he pasado buena parte de mi vida profesional hablando de política, gobiernos, elecciones, crisis, personajes públicos y de esos asuntos que solemos colocar bajo la etiqueta de “importantes”. Pero no todo lo importante aparece en las noticias. “Cosas banales” nace precisamente de esa sospecha. Es un espacio para hablar de aquello que ocurre cuando se apagan las cámaras, termina el noticiero y la política deja de ocupar todo. Aquí caben la familia, los hijos, los amigos, los restaurantes, las modas, las tendencias y los amoríos. También caben las contradicciones, los recuerdos incómodos, las carcajadas, alguna que otra imprudencia y el saludable ejercicio de aprender a reírse de uno mismo. Después de tantos años dedicado a contar lo que sucede afuera, abro esta columna para contar lo que sucede adentro.
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