Cosas Banales
La Tierra perdió el calendario
Mi abuelo Manuel Estévez no necesitaba una aplicación en el teléfono para saber si iba a llover. Tampoco consultaba el pronóstico del tiempo cada mañana.
Originario de Guadalupe Victoria, Puebla, aprendió desde niño a leer el campo. Sabía cuándo la tierra tenía que descansar, cuándo había que barbechar, cuándo sembrar y cuándo llegaría el momento de cosechar.
Y para anticiparse al clima tenía un método todavía más curioso: las cabañuelas.
Durante los primeros días de enero observaba si amanecía con frío, si aparecían nubes, si soplaba el viento o si el sol calentaba más de la cuenta.
Todo lo anotaba.
Aquello no tenía ningún rigor científico. Seguramente un meteorólogo se llevaría las manos a la cabeza si alguien pretendiera pronosticar así el clima de todo un año... pero funcionaba.
O al menos funcionaba lo suficiente para que mi abuelo supiera cuándo preparar la tierra y calcular la llegada de las lluvias.
Así, junto con mis tíos y algunos nietos, sembraba maíz, frijol, haba y papa. Y cosechaba.
Había años buenos y años malos, por supuesto. El campo nunca ha sido sencillo. Pero existía algo que hoy parece haberse perdido y es la certeza sobre las estaciones.
Mi abuelo murió.
Mis tíos Samuel y José Juan todavía lo intentan, aunque cada vez resulta más complicado.
Porque ahora pueden preparar la tierra, esperar la fecha indicada y mirar al cielo durante semanas sin que caiga una sola gota.
Las nubes aparecen, prometen, se juntan, oscurecen el horizonte y... se van.
O sucede exactamente lo contrario.
Cuando finalmente llega la lluvia, cae tanta agua en tan poco tiempo que termina inundando lo que debía alimentar.
Las milpas crecen apenas unos centímetros porque dejó de llover cuando necesitaban agua o las heladas llegan fuera de tiempo y queman lo poco que consiguió sobrevivir.
El calendario dejó de ser confiable.
Quizá por eso una parte importante de los recursos destinados al campo termina utilizándose para enfrentar pérdidas provocadas por sequías, granizadas, heladas o lluvias extraordinarias.
Y quizá también por eso cada vez menos jóvenes quieren seguir trabajando una tierra donde se invierte durante meses sin saber si habrá algo que cosechar.
Pero no hace falta tener una parcela para darse cuenta.
Basta salir a la calle.
En primavera esperamos flores y encontramos árboles desconcertados.
En verano aparecen frentes fríos.
En otoño seguimos buscando el suéter mientras afuera todavía hace calor.
Y cuando finalmente llega el invierno, llueve.
Entonces decimos:
—El clima está loco.
Como si el clima hubiera perdido la razón por sí mismo.
Como si no hubiéramos tenido nada que ver.
Tal vez las cabañuelas de mi abuelo nunca tuvieron sustento científico, pero había algo que sí funcionaba porque las estaciones tenían cierto orden.
Hoy tenemos satélites, radares, modelos matemáticos, supercomputadoras y aplicaciones capaces de decirnos a qué hora probablemente comenzará a llover.
Y, paradójicamente, quienes trabajan la tierra tienen cada vez menos certezas.
Mi abuelo miraba el cielo para saber cuándo sembrar.
Nosotros también deberíamos comenzar a mirarlo.
Pero para preguntarnos qué hicimos para cambiarlo tanto.
Conductor de Telediario y MVS Noticias, columnista de Milenio, corresponsal nacional y analista internacional, he pasado buena parte de mi vida profesional hablando de política, gobiernos, elec...
Conductor de Telediario y MVS Noticias, columnista de Milenio, corresponsal nacional y analista internacional, he pasado buena parte de mi vida profesional hablando de política, gobiernos, elecciones, crisis, personajes públicos y de esos asuntos que solemos colocar bajo la etiqueta de “importantes”. Pero no todo lo importante aparece en las noticias. “Cosas banales” nace precisamente de esa sospecha. Es un espacio para hablar de aquello que ocurre cuando se apagan las cámaras, termina el noticiero y la política deja de ocupar todo. Aquí caben la familia, los hijos, los amigos, los restaurantes, las modas, las tendencias y los amoríos. También caben las contradicciones, los recuerdos incómodos, las carcajadas, alguna que otra imprudencia y el saludable ejercicio de aprender a reírse de uno mismo. Después de tantos años dedicado a contar lo que sucede afuera, abro esta columna para contar lo que sucede adentro.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de TELEDIARIO; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.