El hombre que puede desatar a Morena

Alejandro Sánchez

Plaza Garibaldi

México /
Israel López.

La designación de Ricardo Villanueva como delegado de Morena en Jalisco, mientras se mantiene en la Subsecretaría de Educación Superior, no es un nombramiento menor. Representa la apuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum para atender el problema más profundo del partido en el estado: su secuestro interno.

En abril de 2025 escribí en este mismo espacio que Villanueva no era un nombre cualquiera en Jalisco. Su paso por la UdeG lo colocó en un lugar distinto al de la mayoría de los políticos locales. También advertí que su salida de la universidad no significaba un cierre, sino el comienzo de una etapa que incomodaría tanto a liderazgos morenistas como a partidos rivales. Hoy, ese capítulo comienza a tomar forma.

Villanueva asumió como subsecretario, pero ese cargo es solo una parte de la historia. La otra, la que realmente pesa en Jalisco, es que de manera simultánea recibió facultades para representar al partido como delegado en el estado. La presidenta le entregó una llave política que dentro de Morena equivale a un reacomodo sísmico.

Al interior del partido no es un secreto que Carlos Lomelí se convirtió en uno de los principales focos de tensión. Diversos liderazgos lo señalan en privado como un factor de control que tiene secuestrado al partido. Detrás de la pasada coordinación estatal estuvo su influencia. En la actual, también. Ningún liderazgo local consiguió convencerlo ni disputarle con éxito la conducción partidista.

Lomelí opera con todos los instrumentos de poder necesarios. Impone, designa y controla. Mientras eso ocurre, Movimiento Ciudadano observa con una sonrisa estilo Monalisa. Para el gobierno estatal que encabeza Pablo Lemus resulta más funcional una oposición fragmentada que una cohesionada. La división interna de Morena termina beneficiando al partido naranja. 

En ese contexto, la relación entre Lomelí y Villanueva nunca fue sencilla. Durante años coexistieron a distancia. Para el senador, resultaba útil que el entonces rector mantuviera su propio espacio político. Desde Hagamos, Villanueva conservaba margen frente al morenismo, aunque existieran acuerdos tácticos. Ese equilibrio terminó por romperse. El exrector ya no orbita alrededor de Morena. Aterriza con una encomienda explícita de conducción.

Hay un dato que difícilmente puede leerse como coincidencia. Mientras Ricardo Villanueva recibe facultades para representar al partido en Jalisco, su hermano David —con trayectoria previa en Morena y en el gobierno del Estado de México— se incorpora a la UdeG. Ambos, además, obtuvieron reconocimiento público del gobernador Lemus. La jugada cubre dos frentes. Partido y universidad. 

La pregunta que hoy circula tanto en Morena como en MC es directa: ¿podrá Villanueva disputarle el control partidista a Lomelí y sus aliados? ¿Permitirá el senador un avance que podría modificar la designación de candidaturas rumbo a 2027? 

Villanueva ya no es el mismo que llegó a la rectoría. Quienes lo conocen coinciden en que su paso por la universidad lo transformó en un operador más fino. De Raúl Padilla aprendió a mover piezas sin exponerse, a negociar sin romper. Como rector evitó choques frontales con Enrique Alfaro, pero encabezó movilizaciones para defender el presupuesto universitario. Combina escritorio y calle con pragmatismo.

Esa misma lógica parece aplicar ahora: crítica sin estridencia, negociación discreta y acumulación de capital político. No necesita elevar el tono para hacerse escuchar. Dentro de Morena su llegada divide opiniones, pero también abre interlocuciones. Puede sentarse con perfiles tan distintos como Claudia Delgadillo o los grupos disidentes de Lomelí.

El propio Lomelí percibe la amenaza. Perdió ya a varios de sus diputados locales y algunos de sus aliados, como Érika Pérez, muestran desgaste. Villanueva, en cambio, llega respaldado por la presidenta, sin escándalos públicos recientes y con un historial que incluso sus críticos reconocen.

Tras su nombramiento comenzó a repetirse una idea dentro y fuera del partido. En Jalisco no faltaban aspirantes, faltaba conducción. Desde la dirigencia nacional el diagnóstico es similar. Morena no tiene déficit de causas, sino de coordinación. Con temas como el tarifazo, la tarjeta única y otras decisiones polémicas del gobierno estatal, una oposición ordenada marcaría agenda con facilidad. El problema no es la ausencia de temas, sino la dispersión interna. 

Con facultades en la mano, el encargo de Villanueva parece menos electoral y más exacto. Ordenar la estructura, reducir la fragmentación y convertir un movimiento disperso en una maquinaria competitiva. No aparece como candidato inmediato, sino como estabilizador. En un partido donde pesan más las corrientes que los programas, eso resulta determinante. 

Otro elemento relevante es la interlocución directa con la presidenta. En pocos meses consiguió un nivel de confianza que otros liderazgos locales no alcanzan en años. Ese aval le otorga margen de maniobra y lo independiza de los grupos internos. 

Visto con frialdad, desde Morena nacional el movimiento es rentable en varios escenarios. Si logra cohesión, el partido se vuelve competitivo. Si impone disciplina, cambia la correlación rumbo a 2027. Si tiende puentes con sectores distantes de los liderazgos locales, amplía su base. El riesgo no está fuera, sino dentro. Que las facciones privilegien el control inmediato sobre la construcción de largo plazo. 

El dilema 2027–2030 es más estratégico que personal. Desde su etapa como rector, Villanueva mostró mayor inclinación por la construcción institucional que por la candidatura permanente. Sin embargo, en política la neutralidad tiene fecha de caducidad: si consigue cohesionar a Morena, la presión para que encabece una boleta podría volverse inevitable. No se trata de si quiere competir, sino de si el contexto terminará empujándolo. 

Movimiento Ciudadano podría leer este episodio como un simple reacomodo interno. Sería un error. No es ruido mediático, es disciplina organizativa. Si Morena se ordena, la competencia cambia. Y si algo ha demostrado Villanueva es capacidad para operar estructuras complejas sin fracturarlas, administrar egos y tejer acuerdos sin romper institucionalidad.

Quizá la jugada presidencial no sea adelantar una pieza para la foto inmediata, sino colocar a quien sabe jugar partidas largas. En un tablero saturado de aspirantes, lo que escasea son constructores. La pregunta final queda abierta: ¿permitirá Carlos Lomelí ese avance o intentará contenerlo? De esa respuesta dependerá no solo el futuro de Morena en Jalisco, sino el equilibrio político rumbo a 2027.

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  • Alejandro Sánchez
  • Cuenta historias que duelen y transforman desde hace 28 años. -Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter | Finalista del Premio Gabo (FNPI Colombia). -Director Editorial de Multimedios Jalisco| Columnista y conductor en radio/TV. Pluma y cámara en zonas de conflicto: - Guionista de "La Ley del Monte" y "Voces de Guerrero" (documentales sobre la guerra no declarada en Michoacán y Guerrero). - Autor de "Las Mieles del Poder" (Random House): retrato íntimo de la política mexicana. - "19 edificios como 19 heridas": crónica visceral del ¿por qué el sismo nos pegó tan fuerte? Colaboraciones: Medios nacionales e internacionales. Objetivo: Periodismo que escarba donde otros solo rascan.
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