Eso tiene nombre. Se llama ansiedad climática y según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), más del 70% de los jóvenes mexicanos se sienten abrumados por el futuro del planeta.
La ansiedad climática no es exageración. No es drama generacional.
Es una respuesta emocional completamente válida ante una crisis real y es reconocida por la Asociación Americana de Psicología, investigadores de Harvard, y cada vez más psicólogos en el mundo.
Sentirla significa que te importa. Y eso, aunque duela, es buena señal.
El problema no es sentirla. El problema es quedarse paralizado. Porque la parálisis no le hace bien a nadie… ni a ti ni al planeta. Entonces, ¿qué decides hacer con esa angustia?
Lo que yo te recomiendo es… Limita el consumo de noticias. No significa dejar de ver noticias ni ignorar el problema — significa elegir cuándo y cuánto. Tu cerebro necesita pausas.
Lo siguiente sería convertir la angustia en acción pequeña. No tienes que salvar el mundo hoy. Planta algo, maneja tus residuos, o cambia un hábito. Únete a algo local.
La acción, por mínima que sea, es el antídoto más poderoso contra la impotencia. Y habla de esto. La ansiedad climática crece en silencio y se reduce en comunidad.
Preocuparte por el planeta no te hace ansioso. Te hace humano. La pregunta no es si sientes miedo — es qué decides hacer con él. Porque la misma generación que siente esta angustia, es la generación que tiene el poder de cambiar las cosas.
Y eso… no lo dice ninguna noticia.
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Ingeniera en Desarrollo Sustentable por el Tecnológico de Monterrey, con especialización en Diseño Regenerativo y certificación en ESG por Bloomberg for Education. Su formación se enfoca en economía circular, gestión de residuos y transición energética.
Ha liderado proyectos de sostenibilidad y conciencia climática dentro del Tecnológico de Monterrey.
Actualmente es ayudante de investigación en el laboratorio de Sustainable Energy Research Lab en el edificio EXPEDITION FEMSA.