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Voces coreanas en México

Bora Park


El hilo verde

Empresarios coreanos en México. | Cortesía
Bora Park
Monterrey, Nuevo León

Del henequén se hacía cuerda. Con la fibra larga y áspera de sus pencas se ataban, a principios del siglo pasado, las cosechas de trigo de las praderas norteamericanas y se amarraban los barcos en los puertos del mundo.

Yucatán vivía de esa fibra; la llamaban oro verde y, como todo oro, necesitaba manos que la arrancaran de la tierra. Algunas de esas manos llegaron desde el otro lado del Pacífico. 

En la primavera de 1905 zarpó del puerto coreano de Chemulpo, el que hoy conocemos como Incheon, un vapor inglés llamado Ilford. Llevaba a bordo a mil 33 personas, en su mayoría hombres jóvenes, aunque también mujeres y casi 200 niños.

Todos habían respondido a un anuncio publicado en la prensa de Seúl que hablaba de un país rico y lejano, de un contrato de cuatro años, de vivienda y de un salario que en Corea parecía inalcanzable. Muchos no habían visto nunca el mar, y casi ninguno habría sabido señalar México en un mapa.

Tras un mes de travesía, que no todos sobrevivieron, el barco tocó tierra en Salina Cruz a principios de mayo. Desde ahí siguieron camino hasta Yucatán, adonde llegaron a mediados de mes, y lo que vieron fue una llanura de piedra caliza bajo un sol vertical, con un horizonte hecho de hileras interminables de henequén.

Nada se parecía a lo prometido. Las jornadas empezaban antes del amanecer, las pencas, armadas de espinas, se cortaban a machete por miles, el salario se pagaba en fichas que solo valían en la tienda de la hacienda y la deuda crecía siempre más deprisa que el jornal. 

Lejos de su lengua, de su comida y de sus muertos, aquellos hombres y mujeres tuvieron que aprender a nombrar lo que los rodeaba, y en su boca la palabra henequén se volvió aenikkaeng. 

Décadas más tarde, cuando Corea redescubrió su historia, esa palabra pasó a designarlos a ellos: el nombre de la planta que los consumía terminó siendo el nombre con que hoy se les recuerda.

Mientras tanto, al otro lado del océano, la historia les iba cerrando la puerta. En noviembre de 1905, apenas seis meses después de su llegada, Japón impuso a Corea un protectorado que la despojó de su voz ante el mundo. 

Cuando los contratos vencieron, en 1909, el país al que pensaban volver ya no era dueño de su destino, y al año siguiente dejó de existir como Estado. No había consulado que los reclamara, ni gobierno que costeara el regreso, ni bandera que los esperara. 

Sin haberse movido de las haciendas, se habían convertido en hijos de una nación borrada de los mapas.

Cualquiera habría entendido que se rindieran, pero no lo hicieron. En abril de 1909 llegaron a Mérida dos enviados de la Asociación Nacional Coreana, la organización que desde California agrupaba a los coreanos de América en torno a una sola causa, la independencia. El 9 de mayo, cerca de setenta delegados de los trabajadores coreanos de dieciséis haciendas se reunieron con ellos y fundaron la filial de Yucatán.

Año y medio después, en noviembre de 1910, a tres meses de la anexión, abrieron en la misma ciudad una escuela militar a la que llamaron Sungmu. 

Sus cadetes eran jornaleros, muchos de ellos antiguos soldados del ejército imperial coreano, que al terminar el turno entre las espinas se formaban en filas para hacer instrucción, por si algún día les tocaba pelear por una patria que ya no tenía quién la defendiera. 

Con los años levantaron también escuelas de lengua coreana en las haciendas, para que los niños nacidos bajo el sol de Yucatán aprendieran a escribir el nombre de sus abuelos. Y, sobre todo, enviaban dinero. 

De salarios que apenas alcanzaban para el maíz y el frijol apartaban unas monedas que cruzaban océanos y fronteras hasta llegar a quienes sostenían la causa de la independencia, incluido el gobierno provisional que los exiliados coreanos fundaron en Shanghái en 1919.

Nada los obligaba a hacerlo, y nadie del otro lado podría jamás darles las gracias. Lo hacían porque era la única manera de seguir siendo coreanos, lejos de todo lo que les recordaba que lo eran. Hay resistencias que se libran con armas; la suya se libró con algo más frágil y, a la larga, más duradero: la memoria.

Después, el tiempo hizo su trabajo. La caída del henequén dispersó a las familias por todo el país. Los hijos se casaron con mayas, con yucatecos, con mexicanos de todas partes; los nietos crecieron hablando español y a veces maya, mientras el coreano se refugiaba en las canciones de cuna, en un par de palabras sueltas, en un apellido pronunciado con acento peninsular.

México y Corea no establecieron relaciones diplomáticas sino hasta 1962, y durante décadas los aenikkaeng fueron un rumor que casi nadie contaba, ni de este lado del mar ni del otro.

Pero el hilo no se rompió; para eso, al fin y al cabo, sirve el henequén. 

Hoy, en Mérida, un monumento recuerda el centenario de aquella llegada. En la casa que durante décadas fue sede de la Asociación Nacional Coreana en Yucatán, un museo levantado con el apoyo de ambos gobiernos resguarda las fotografías amarillentas, los documentos y los rostros. Los descendientes, que hoy suman miles, siguen reuniéndose, cocinando y recordando cuatro y cinco generaciones después.

En Corea, la historia volvió por la puerta de la investigación, del cine y de la literatura: una novela premiada narra el viaje del Ilford, y el Estado coreano ha reconocido como patriotas de la independencia a decenas de aquellos jornaleros que nunca volvieron a pisar su tierra.

La memoria persiste también en gestos discretos, de los que no buscan titulares. Hace algunas semanas, un empresario coreano llevó por iniciativa propia a un grupo de músicos tradicionales a Mérida, donde tocaron junto a las familias que descienden de aquellos inmigrantes, con el acompañamiento de la Embajada de Corea y del gobierno de Yucatán. 

No hubo comunicados ni reflectores, porque él no los quiso. Hubo, en cambio, familias yucatecas escuchando la música que sus antepasados dejaron atrás al subir al barco. Hay deudas que nadie cobra y que, aun así, alguien decide saldar.

Poco después, el 24 de septiembre, en la primera visita de un presidente coreano a México en una década, Lee Jae-myung se reunió con la comunidad coreana en la Ciudad de México y, entre agradecimientos y promesas, se detuvo en ellos.

Recordó que aquellos antepasados separaban una parte del salario que tanto les costaba ganar para reunirla y enviarla como fondo para la independencia de su patria. Y añadió algo que merece quedarse: que sacrificarse y actuar por la independencia de un país que poco tenía que ver con la vida diaria de cada uno no es, de ningún modo, algo sencillo.

Pienso en ellos cada vez que alguien me pregunta cuándo empezó la relación entre Corea y México. Suele esperarse una respuesta de cancillería, un tratado, una visita de Estado o la inauguración de una planta, pero la verdad es más antigua y más humilde. 

Empezó en 1905, en un campo de henequén, con un hombre que no sabía bien dónde estaba y que, aun así, decidió no olvidar de dónde venía.

Los coreanos que hoy llegamos a México lo hacemos por otros caminos: en avión, con visas en regla, contratos que se cumplen y planes de negocio a diez años. 

Llegamos a un país que ya sabe dónde queda Corea, y caminamos sobre un sendero que otros abrieron a machete. Del henequén se hacía cuerda para amarrar barcos y atar cosechas. 

Los aenikkaeng tejieron otra, invisible, entre dos países que entonces apenas se conocían, y más de un siglo después esa cuerda sigue firme. Todavía nos sostiene. 

noticia escrita por
Bora Park

CEO y fundador de Bora Sana Services. Especialista en desarrollo de negocios entre Corea y México, con experiencia en consultoría empresarial, inversión, integración cultural y estrategias para...

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