Voces coreanas en México
Lo que no dice el folleto
Hace un tiempo, en una comida con empresarios mexicanos, uno de ellos me lo dijo sin rodeos, casi en confianza: «Es que los coreanos solo hacen negocio con coreanos».
No había rencor en su voz, sino la resignación de quien ha tocado una puerta muchas veces sin verla abrirse. Los demás asintieron en silencio.
Era claro que la frase no se decía por primera vez en esa mesa.
Entiendo de dónde nace. Pero para explicarla hay que empezar mucho antes de esa comida, en el momento en que una empresa coreana decide venir a México.
Visto desde Seúl, México se presenta de maravilla. Comparte frontera con el mercado más grande del mundo y tiene acceso preferente a él.
Cuenta con mano de obra calificada, parques industriales listos para ocupar, gobiernos estatales que compiten por atraer inversión y una tradición manufacturera de varias décadas.
Todo eso es cierto, y aparece, con fotografías aéreas y mapas de conectividad, en cada presentación que reciben los consejos de administración. Lo que no aparece en el folleto es todo lo que ocurre entre la firma de la decisión y el arranque de la primera línea.
Ahí empieza otra historia.
El terreno ya está elegido, pero el uso de suelo hay que confirmarlo, la licencia de construcción depende del municipio, el permiso ambiental de otra instancia y la factibilidad de agua y de energía de organismos distintos, cada uno con sus propios requisitos y sus propios tiempos.
Los técnicos que deben venir de Corea a instalar la maquinaria necesitan un permiso migratorio que no siempre llega cuando la maquinaria ya está en el puerto.
La contratación de personal se topa con un marco laboral que limita la subcontratación y exige registros especiales a quien presta servicios especializados.
La operación fiscal pide una disciplina documental minuciosa, y la devolución del saldo a favor de impuestos, que la empresa esperaba recibir en semanas, puede tardar meses, a veces más.
A eso se suman las aduanas, los agentes, los pedimentos, las certificaciones para importar temporalmente y, según la región, la conversación sobre seguridad que ningún folleto se atreve a incluir.
Pero lo más difícil no es la cantidad de trámites. Es que, muchas veces, nadie sabe decir con certeza cuáles son.
Rara vez existe un lugar donde consultar, de principio a fin, qué permisos necesita una planta, en qué orden se obtienen, qué documentos pide cada uno y cuánto tarda en realidad.
Los requisitos publicados suelen estar incompletos o desactualizados, cada oficina interpreta los suyos, y la información que de verdad sirve circula de boca en boca, entre quienes ya pasaron por ahí.
Un directivo puede pasar semanas averiguando qué tiene que hacer antes de poder empezar a hacerlo.
Nada de esto es exclusivo de los coreanos. Cualquier empresa que llega a México lo vive. La diferencia está en los ojos con que se mira.
Corea es, ante todo, un país de sistemas. Gran parte de la vida pública se resuelve a través de procesos claros, plataformas digitales y plazos que se cumplen.
Si se presenta el formulario correcto, en la ventanilla correcta y con los documentos indicados, el resultado llega en el tiempo previsto. No hace falta conocer a nadie. No hace falta insistir. El sistema funciona, y por eso se confía en él.
Un ejecutivo coreano creció, estudió y construyó su carrera dentro de esa lógica, y la trae consigo como trae su pasaporte: sin pensarlo.
En México se encuentra con algo distinto. Descubre que a veces no puede presentar el formulario correcto porque nadie le sabe decir cuál es; que el plazo escrito en la ley no siempre coincide con el plazo real; que la misma pregunta puede recibir respuestas distintas según la oficina o el funcionario; que un expediente completo puede detenerse por un detalle que no aparecía en ningún requisito, y que, con frecuencia, lo que destraba un trámite no es el proceso, sino saber a quién llamar.
Para quien vive aquí, eso forma parte del paisaje. Para quien confiaba en el sistema, es como perder la brújula a mitad del camino.
Y ese ejecutivo, conviene recordarlo, suele estar de paso. La mayoría de los directivos coreanos en México son jujaewon, expatriados enviados por su empresa durante algunos años, al cabo de los cuales volverán a casa y serán evaluados por lo que hayan logrado aquí.
Tienen metas que cumplir, una casa matriz a la que rendir cuentas y muy poco margen para equivocarse. Su pregunta, frente a cada decisión, no es qué opción es la más barata. Es qué opción tiene menos probabilidad de salir mal.
Es ahí donde aparece el compatriota.
Con los años, alrededor de las grandes plantas se ha formado un tejido de empresarios coreanos que llegaron antes y se quedaron: proveedores de materiales, de servicios industriales, de mantenimiento, de logística, de gestión de trámites.
Ya vivieron lo que el recién llegado está por vivir. Hablan su idioma, entregan los reportes en el formato que exige la matriz y, sobre todo, le traducen un sistema que no entiende al único lenguaje en el que él sabe confiar: el del proceso ordenado y la responsabilidad clara.
Muchos de ellos compiten con empresas mexicanas que ofrecen exactamente lo mismo. Y en no pocos casos ni siquiera producen el servicio: lo subcontratan a esas mismas empresas mexicanas y lo entregan a la planta con su nombre, casi siempre a un precio más alto.
El proveedor mexicano termina haciendo el trabajo, pero sin la relación directa, sin el margen y sin el crédito.
Visto desde afuera, parece una preferencia por nacionalidad. Visto desde adentro, es la compra de un seguro.
Lo que la planta paga de más no es el producto, que a menudo es idéntico, sino la certidumbre: la tranquilidad de que, si algo falla, habrá alguien que lo explique en coreano, que asuma el problema y que no obligue al ejecutivo a justificar ante su matriz por qué eligió a un desconocido.
Para alguien con pocos años por delante y una carrera en juego, ese sobrecosto no se siente como un desperdicio. Se siente como prudencia.
Ese círculo cerrado que tanto frustra a los proveedores mexicanos no nace, entonces, del desprecio ni del prejuicio. Nace de la incertidumbre.
Pero tiene un costo, y lo pagan todos.
Lo paga el proveedor mexicano, que trabaja para quien revende su propio servicio y ve pasar los años sin acceso directo al cliente final.
Lo paga la planta coreana, que durante mucho tiempo paga de más por algo que podría obtener de primera mano. Y lo paga la propia inversión coreana en México, que tarda más en echar raíces.
Mientras una empresa dependa de intermediarios para entender el país en el que opera, seguirá siendo, en cierto modo, una visita.
Madurar es precisamente dejar de necesitar traductor.
Conviene ser justos con el intermediario. Hay empresarios coreanos en México que aportan un valor real, que acompañan a sus subcontratistas, los forman y tienden puentes que de otro modo no existirían.
El problema no es la intermediación, sino la que cobra únicamente por la confianza que inspira un apellido y no por lo que de verdad agrega.
La salida, me parece, no está en reprochar la desconfianza, sino en entender qué la produce. Al ejecutivo coreano no hay que convencerlo de que confíe en las personas; hay que mostrarle que detrás de esas personas hay un sistema.
El proveedor mexicano que documenta sus procesos, que se compromete con un plazo y lo cumple, que reporta antes de que se lo pidan y que asume los problemas por escrito está ofreciendo exactamente lo mismo que hoy se compra con sobrecosto.
Y las instituciones que logran que el plazo escrito coincida con el plazo real hacen más por atraer inversión que cualquier folleto.
Algunos ya lo han entendido, de un lado y del otro, y en esos casos la puerta se abre con una facilidad que sorprende.
Porque, al final, lo que el ejecutivo coreano busca en México no es un compatriota. Es la sensación, tan familiar para él, de que las cosas funcionan como dicen que funcionan. Quien sea capaz de dársela, hable el idioma que hable, tendrá un lugar en esa mesa.
CEO y fundador de Bora Sana Services. Especialista en desarrollo de negocios entre Corea y México, con experiencia en consultoría empresarial, inversión, integración cultural y estrategias para...
CEO y fundador de Bora Sana Services. Especialista en desarrollo de negocios entre Corea y México, con experiencia en consultoría empresarial, inversión, integración cultural y estrategias para fortalecer la cooperación económica bilateral.
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