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Israel Reyes


Una advertencia para México

El costo de las rentas y las hipotecas puede comprometer más del 30% de los ingresos de los hogares mexicanos. | Pexels
Israel Reyes
Saltillo, Coahuila

Hay protestas que parecen hablar de una ciudad como si estuviera aislada, lejana y muy ajena a cualquier otra que se encuentre del otro lado del charco, pero en realidad están hablando de una época. Como lo fue con la revolución industrial o las protestas estudiantiles a finales de los ochenta.

Lo que está ocurriendo en España con la vivienda es una de ellas. Decenas de miles de personas han salido a las calles en distintas ciudades para reclamar algo que, dicho así, parece elemental: poder vivir donde trabajan, donde nacieron o donde decidieron construir su vida.

En Madrid, una de las movilizaciones reunió alrededor de 70 mil personas, según la Delegación del Gobierno, mientras los organizadores elevaron considerablemente la cifra.

El reclamo ya no es solamente por el precio de una casa, sino que es contra un modelo económico en el que el trabajo o trabajos no necesariamente garantizan nada serio para poder pagar un techo. Ya sea propio o de renta.

España no atraviesa exactamente la crisis de 2011. Hay crecimiento económico y niveles elevados de empleo. Sin embargo, la vivienda se ha convertido en el punto donde la prosperidad deja de sentirse en el bolsillo de buena parte de la población.

La nueva protesta española coloca nuevamente a la clase trabajadora en el centro y expresa el desencanto con una izquierda institucional que llegó al gobierno, consiguió avances sociales, pero no resolvió problemas materiales que siguen apretando la vida cotidiana.

A los gobiernos les resulta muy difícil regular cuando el poder económico se encuentra por encima del político.

No basta con que los indicadores mejoren si la gente siente que el futuro se vuelve más caro que el presente. México tiene razones para reconocer avances.

Durante el segundo trimestre de 2026 se registraron 60 millones de personas ocupadas y la pobreza laboral descendió a 31.9%, su nivel más bajo para un segundo trimestre desde que existe la serie.

Además, los salarios reales han mantenido una recuperación importante. Pero precisamente por eso conviene no cantar victoria demasiado pronto.

La vivienda puede convertirse en nuestro propio termómetro social. En el primer semestre de 2026, el precio de las viviendas adquiridas mediante crédito hipotecario aumentó 7.9% anual. En Monterrey, una de las zonas metropolitanas más importantes para el desarrollo industrial del país, el incremento fue de 8.3%. Y el problema no termina ahí.

El diagnóstico oficial del Programa Nacional de Vivienda 2026-2030 estima que 22.8% de los hogares mexicanos (8.85 millones) se encontraban en condición de déficit habitacional en 2024. Además, alrededor de una quinta parte de los hogares que pagan renta o hipoteca destinan más de 30% de sus ingresos a ese gasto.

Es decir: México está mejorando en algunas variables laborales, pero la vivienda puede comerse la mayor parte de esa creciente mejoría.

No estoy diciendo que México vaya hacia una protesta como la española; eso sería simplista. Las estructuras económicas, políticas y habitacionales son distintas.

Pero existe una señal en común: cuando una generación trabaja, estudia, paga impuestos y aun así descubre que independizarse, rentar o comprar una vivienda se vuelve cada vez más difícil, comienza a cuestionarse el significado del progreso que tanto han pregonado los gobiernos mexicanos.

Y ese cuestionamiento puede tener consecuencias políticas. Porque podemos tolerar muchas cosas mientras se conserve la expectativa de que nuestros hijos vivirán mejor que nosotros. Cuando esa promesa se rompe, el humor colectivo cambia por completo.

En España, el movimiento por la vivienda ya reclama organización por parte de la clase trabajadora y prepara una huelga general. No nació únicamente de la pobreza; nació también de la frustración de quienes sienten que el crecimiento económico no ha resuelto lo fundamental que es vivir dignamente.

México debería tomar nota antes de que la vivienda se convierta en una bomba de tiempo social. El gobierno mexicano ya ha colocado el tema en el centro mediante el programa Vivienda para el Bienestar: al 14 de septiembre se reportaban 667 mil viviendas contratadas y 277 mil en construcción, con una meta sexenal de 1.8 millones.

El reto, sin embargo, no será solo construir casas, sino construir ciudades habitables. Porque de poco sirve entregar una vivienda si queda a dos horas del trabajo, si no existe el transporte necesario, si carece de escuelas, hospitales o agua, o si el trabajador termina gastando en traslado lo que ganó con el aumento salarial.

La lección española es sencilla y bastante incómoda: la política social no puede limitarse a mejorar los ingresos por decreto; se tiene que impedir que el mercado absorba esa mejoría por otra vía. Y para ello se requiere REGULAR.

México todavía está a tiempo.


noticia escrita por
Israel Reyes

Periodista político y digital, socio fundador de Nación Norteña, activista ciudadano.

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