Con tinta de esperanza
Historias de melenas
El mundo está lleno de gente increíble. Hombres, mujeres, niños, ancianos... Seres humanos con el corazón enorme, que cree, ama y espera.
Los santos de aquí abajo: los que suben y bajan las escaleras, los que scrolean tik-tok, los que gritan un gol de su equipo, los que van al cine. Y cuántas veces ni nos percatamos de ellos. Y si no me creen, pregúntenselo a mi amigo Juan Jiménez.
Aunque normalmente vive en México, Juan estudia ahora en Alemania. De temperamento nervioso y algo rebelde, ha tenido que jugársela en algunas ocasiones para salir ileso de ciertas “equivocaciones” que ha tenido en la universidad, aunque, según me contó la última vez que nos vimos, «ya está más reformado».
Un sábado por la noche, salió, como siempre, al antro. Estuvo buen rato con otros dos amigos suyos y disfrutaron bastante. Con el paso del tiempo, y ya pasadas ciertas horas, decidió regresar y, tras despedirse, se marchó.
Nada más salir de la discoteca, un joven enorme -«de más de dos metros» me contaría Juan- con mirada amenazadora y con una melena que le llegaba hasta la mitad de la espalda, le señaló con la mano y le empezó a gritar de cosas en germano.
«Al ver a aquél animal detrás de mí – me contaba Juan cada vez más excitado– no me lo pensé dos veces: salí corriendo como nunca lo había hecho en mi vida».
El otro le siguió un par de metros, pero como Juan era más rápido, desistió en su intento. «Suspiré aliviado y, algo más tranquilo, me dirigí a mi departamento. Me tiré en la cama y me dormí enseguida».
Le despertó su teléfono. ¿Quién le llamaría un domingo por la mañana? «¿Hola? ¿Cómo dices? Ah… ¿¡En serio!? Y, ¿dónde puedo encontrarte? Perfecto, ahí nos vemos».
Juan no podía creérselo: el que le llamó por teléfono no era otro que el tipo aquel que le “persiguió” la noche anterior. ¿Qué había pasado?
«Al salir de la discoteca, se me cayó mi cartera, con todo mi dinero y alguna tarjeta de crédito. Este joven lo vio e intentó decirme en alemán que se me había caído. Al no comprenderle y ver su aspecto, salí corriendo. Y este chico buscó por todos los medios localizarme y pudo hacerlo por una tarjeta de teléfono que yo había comprado días antes. Vio mi teléfono y me llamó».
Al principio, Juan pensaba que algo se le iba a “perder”. «Sería muy sencillo que este melenudo tomara algo y ya». Pero su sorpresa fue mayúscula al encontrar absolutamente todo su dinero. Se le quedaron los ojos cuadrados. La honestidad del chico era tan grande como su melena…
Cuando los seres humanos se lo proponen, no hay en este mundo cosa más hermosa que el corazón humano. Hay personas buenas, y hasta santas, entre la “gente de por ahí”. Están aquí, entre nosotros y hacen que los demás nos demos cuenta de que tenemos madera y potencial para ser grandes personas, incluso santos.
Y, creo yo, no sería mal propósito para este nuevo curso que vamos a iniciar: buscar mejorar cada día un poco más. Imagínate: ¡escribir tu vida con tinta de esperanza! La vida de san Yo… seas o no seas un melenudo.
Sacerdote legionario de Cristo apasionado por la formación de jóvenes y familias. Es licenciado en filosofía y tiene estudios en periodismo, redes sociales y psicología familiar. Con más de 15 años como creador de contenido y autor de varios libros, también participa en el podcast «¿Qué haría Jesús?». Vive feliz y busca ayudar a que más personas también lo sean.
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