Jalisco cierra el año con la violenta muerte de dos nuevos nombres, dos historias, dos giros distintos, pero un mismo denominador: fueron víctimas de los delincuentes y del silencio del gobierno.
Lo que hoy vivimos no es incapacidad, es una forma de gobierno. La inseguridad, el colapso de los servicios y el deterioro urbano ya no son accidentes, son decisiones.
El criminal en Jalisco camina a la deriva con la seguridad casi absoluta de que no le va a pasar nada. Ni Dios lo castigará mandándolo al infierno, ni la justicia terrenal lo mandará a la cárcel.
En Jalisco resulta más peligroso protestar que disparar. Por un asesinato en un bar no hay un solo detenido, por una manifestación hay decenas de arrestos.
El regreso del sarampión, cosa que no debió suceder, no es más que un reflejo de la ignorancia que ha satanizado una herramienta sanitaria: las vacunas.