Un sistema de transporte público verdaderamente eficiente sería aquel que incluso quien tiene automóvil decide usar. No por obligación, sino por comodidad, rapidez y costo. Ese debería ser el objetivo mínimo. Pero esa lógica ni siquiera está planteada. Aquí el transporte público sigue pensado como castigo, no como opción.
La llamada Tarjeta Única, vendida como modernización al estilo Jalisco, es un ejemplo claro. Su costo, su operación, su administración y el esquema de subsidios terminan siendo más que onerosos. Lo peor, todos financiamos algo que no usamos y que funciona mal.
El transporte público no cubre la demanda real. Faltan conductores, sobran unidades varadas y, más allá de la danza de cifras oficiales, empuja a muchos a buscar vehículos alternos, que tampoco resuelven nada y solo saturan más la ciudad.
El problema es que hay un negocio que nadie quiere explicar a fondo. No hay interés en transparentarlo. En el discurso oficial el transporte es “caro”, pero nos lo venden como si nos estuvieran haciendo un favor, como esas tiendas que anuncian descuentos.
Lo que enfrentamos ya no es un problema técnico ni administrativo, es un problema estructural y político. El transporte público dejó de ser una herramienta de movilidad y se convirtió en un síntoma de un modelo agotado, donde la ineficiencia se normaliza y el abuso se maquilla como modernización. No hay error de cálculo: hay decisiones conscientes que trasladan el costo del fracaso a los ciudadanos, mientras se protege un esquema que beneficia a pocos y castiga a millones.
El salto de 9.50 a 14 pesos raya en el absurdo. No responde a inflación, mejora del servicio ni aumento real de calidad. Es un golpe seco. Y para colmo, el servicio seguirá siendo deficiente, incómodo y frustrante, tanto para quienes van dentro del camión como para quienes padecen el tráfico afuera.
Se han intentado rutas, ajustes y discursos distintos, pero el resultado es siempre el mismo: un transporte público malo que no cubre necesidades y que se ha convertido en un negocio cautivo para millones. Cuando pagas por sufrir un sistema, el problema no se soluciona. Solo se encarece.
Al final, por donde se le vea —pasaje, subsidios o administración— seguimos pagando por un lujo que no tenemos.
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Leonardo Schwebel
Periodista desde 1978, actualmente conductor de Telediario Guadalajara, Jefe de Información Multimedios Guadalajara