No nos engañemos: lo de Diego, el ex presidente municipal de Tequila, no es un accidente. No es una sorpresa. No es “un caso aislado”. Es el retrato exacto de lo que pasa cuando el poder municipal se convierte en negocio y el cargo público en patente de impunidad.
Tequila, tierra de orgullo, turismo y tradición, terminó siendo noticia no por su magia, sino por su miseria política. Porque cuando un alcalde es señalado, investigado o detenido, lo que se exhibe no es solo un hombre: se desnuda todo un sistema que lo sostuvo, lo aplaudió y lo protegió.
Durante meses, Diego caminó como intocable. Como si el municipio fuera suyo. Como si gobernar significara mandar. Como si la ley fuera un adorno y la autoridad un escudo personal.
Y aquí viene lo peor: todos lo sabían. En los pueblos se sabe todo. Se murmura en las calles, se comenta en las oficinas, se respira en el ambiente. Pero nadie hace nada. Porque el silencio también es complicidad. Porque en México la política no solo administra recursos: administra miedos.
Hoy, los mismos que ayer lo defendían, hoy lo niegan. Morena en Jalisco primero lo arropó y ahora finge no conocerlo. La vieja costumbre nacional: cuando el barco se hunde, las ratas corren. Primero aplausos, luego amnesia.
Pero Diego no llegó solo. Llegó empujado por un aparato que normaliza alcaldes-caciques, presidentes municipales que operan como patrones, rodeados de intereses oscuros, con discursos de pueblo y prácticas de mafia.
La pregunta no es solo qué hizo Diego. La pregunta es quién lo dejó hacerlo. Quién lo cubrió. Quién lo financió. Quién lo convirtió en “autoridad”.
Porque el drama de Tequila es el drama de Jalisco: municipios donde la frontera entre gobierno y crimen se vuelve borrosa, donde la justicia llega tarde y la impunidad siempre llega primero.
Y al final, el pueblo paga. Siempre el pueblo.
Tequila no merece alcaldes que terminen como nota roja.
Jalisco no merece gobiernos de fachada. Y México no puede seguir acostumbrándose a que el poder huela a podredumbre.
Porque cuando el alcalde cae, lo verdaderamente escandaloso no es la caída… es todo lo que lo sostuvo.
El problema no es que caiga un alcalde. El problema es cuántos siguen de pie haciendo lo mismo. La tragedia es que hay más.
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Leonardo Schwebel
Periodista desde 1978, actualmente conductor de Telediario Guadalajara, Jefe de Información Multimedios Guadalajara