Comunidad

Vale Saberlo

Valeria López Luévanos


Los Narco Conejos

Valeria López Luévanos
Torreón

“El niño que no es arropado por su tribu le prenderá fuego para sentir su calor.”

Hace unos días hablaba con mi papá y mi mamá. Mientras reposábamos la comida, nos poníamos al corriente con las novedades de nuestras vidas. Me gusta escucharlos contarme sobre el rancho, mi rancho: Santa Ana del Pilar, el ejido en el que crecí y viví gran parte de mi vida.

Buena parte de nuestra conversación giró en torno a una llamada que me había hecho mi mamá días antes. Me buscó para pedirme orientación sobre una problemática que aqueja a la comunidad: una pandilla de niños que causa destrozos, robos y travesuras que cada vez tienen menos de “inocentes”.

—¿A dónde debemos llamar para ponerle un alto a unos niños que rondan entre los 6 y los 10 años y que se han dedicado en los últimos meses a hacer maldades?

Cuando me pidió apoyo, me sorprendió. Confieso que incluso me dio un poco de gracia.

¿Cómo que el líder de la pandilla tiene apenas 10 años y el más chiquillo todavía va al jardín de niños?

La pandilla es conocida por varios sobrenombres. Algunas personas les dicen Los Narco Conejos; otras, Los Narco Marranos o Los Bikinis.

Entre sus actividades, según me cuentan, está interceptar los camiones que surten mercancía a las tienditas de la comunidad. Uno de ellos se coloca entre las llantas del camión y le exige dinero al operador. Si no se lo da, amenaza con no quitarse y le impide continuar con su trabajo.

A mi abuela, una mujer mayor que padece demencia senil, le han vaciado el refrigerador para llevarse la comida. En las tiendas, mientras uno pregunta el precio de algún producto para distraer al tendero, otro toma artículos y se los lleva. Apedrean perros, los maltratan y hacen muchas otras cosas que han generado preocupación y molestia entre los habitantes de la comunidad.

La gente, al ver las condiciones de precariedad y desatención en las que viven, les ha regalado ropa o dinero.

“Siempre traen dinero”, me dice mi mamá.

En la comunidad se habla también del posible consumo de sustancias por parte de algunos de ellos. No puedo afirmar qué consumen ni con qué frecuencia. Lo que sí puedo decir es que, una vez que tuve el contexto completo, dejó de hacerme gracia.

Ya no vi una pandilla de niños traviesos.

Vi un ciclo de violencia, abandono y negligencia.

Los Narco Conejos son niños que crecen en contextos familiares profundamente complejos, atravesados —según lo que cuentan quienes viven en la comunidad— por precariedad, ausencia de cuidados y, en algunos casos, consumo problemático de sustancias entre los adultos responsables de ellos.

Y entonces la pregunta cambia.

Ya no es solo: ¿cómo hacemos para que dejen de robar?

También tenemos que preguntarnos: ¿qué está pasando para que un niño de seis, ocho o diez años viva así?

Dicen que la pandilla ha ido ganando integrantes. Y quizá eso sea lo más preocupante de todo: no son los únicos niños que viven en estas circunstancias. No son los únicos que buscan en la calle vínculos de pertenencia, complicidad y cercanía que deberían encontrar en otros espacios.

Hay más niños como ellos.

Para ayudar, atender y poner límites a estos niños tenemos que mirar más allá de las averías, término que usamos en mi rancho para hablar de las travesuras y los desastres.

Sí, es necesario ponerles un alto. Es necesario proteger también a las personas y a los animales afectados por sus conductas. Y es necesario intervenir en las familias responsables de su cuidado para determinar qué está ocurriendo y garantizar la protección de los niños.

Pero eso no es suficiente.

Tenemos que entender que estamos hablando de niñas y niños cuyos derechos están siendo vulnerados. Y cuando un niño de seis años pasa sus días en la calle robando comida, amenazando a un chofer o lastimando animales, el problema deja de ser exclusivamente familiar.

También estamos frente a un problema social e institucional.

La negligencia, el abandono, el abuso y la violencia que viven las infancias no son fenómenos aislados de Santa Ana del Pilar. Forman parte de una realidad mucho más amplia en Coahuila.

Y el abandono también tiene números.

De acuerdo con información proporcionada por la propia PRONNIF mediante una solicitud de transparencia, entre enero y junio de 2026 fueron retiradas de su entorno familiar 5,001 niñas, niños y adolescentes en Coahuila después de que se detectaran vulneraciones a sus derechos.

De esos casos, 2,654 —el 53 %— estuvieron relacionados con omisión de cuidados. Los Narco Conejos son apenas unos cuantos niños detrás de esas cifras.

Niños que necesitan límites, sí, pero también intervención, protección y restitución de sus derechos. Derecho a crecer sin violencia. A recibir cuidados. A comer. A ir a la escuela. A jugar. A desarrollarse en un entorno seguro. A que alguien se preocupe por dónde están y qué están haciendo.

Tienen derecho, también, al cariño, al amor y al apapacho.

Porque Los Narco Conejos no nacieron siendo Los Narco Conejos. Son niños.

Niños a quienes los adultos les hemos fallado una y otra vez.

Ponerles límites es necesario. Proteger a las personas que están siendo afectadas por sus conductas, también. Pero ninguna de esas cosas sustituye nuestra obligación de preguntarnos qué está pasando en sus hogares y por qué niños tan pequeños están creciendo de esta manera.

La pregunta al principio era: ¿a dónde llamamos para pedir ayuda y ponerles un alto? Ahora la pregunta es otra:

¿Qué vamos a hacer para que nuestros niños no tengan que crecer entre el abandono y la violencia?


noticia escrita por
Valeria López Luévanos

Socióloga por la UAdeC, activista por los derechos de las mujeres, Consejera Nacional de Movimiento Ciudadano y promotora de la lectura.

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