Este lunes, un congresista estadounidense —Carlos Giménez, republicano de Miami— salió a denunciar que la presidenta Claudia Sheinbaum “canceló” la reunión que, según dijo, sostendrían durante su visita a México.
Giménez miente. El encuentro nunca fue confirmado formalmente por Presidencia —ni lugar, ni hora— y, como correspondía al rango de una delegación legislativa, el grupo fue atendido por la Cancillería. Giménez subió a X una fotografía desde la Embajada de Estados Unidos en México posando con marines de la guardia diplomática. Un mensaje visual de fuerza en territorio ajeno para consumo doméstico en Florida.
A primera vista, el episodio parece un simple roce de agenda pero en realidad, confirma un principio que suele olvidarse cuando sube la temperatura bilateral: hay niveles. Un congresista es un representante federal, sí, pero de distrito; su peso político existe en Estados Unidos, pero eso no le da derecho automático a que una jefa de Estado de otro país lo reciba.
La idea de que un legislador puede llegar a otro país a exigir trato presidencial —como si se tratara de un canciller o de un jefe de gobierno— es precisamente el tipo de confusión que alimenta malas lecturas, y también, de paso, exhibe la soberbia con la que algunos actores estadounidenses creen poder administrar la relación con México en la actual coyuntura.
Quienes hoy se están dando golpes de pecho —rasgándose las vestiduras y presentando la no-recepción como “un error” de la presidenta— están leyendo el hecho desde un ángulo equivocado. En esta etapa de tensión y fricción controlada con Washington, México tiene que cuidar formas y reducir irritantes, sí. Pero eso no significa convertir a cada visitante con micrófono en interlocutor presidencial.
Al contrario. Mantener la jerarquía es parte de la soberanía. Atenderlos en Cancillería no es desdén; es lo que tocaba.
El episodio también confirma otra dinámica más profunda. Hay legisladores que ven oportunidades en la tensión bilateral para impulsar agendas personales. Giménez es un ejemplo claro porque su agenda —especialmente en Miami— se beneficia de insistir en una línea anticubana, y en particular en el tema del petróleo mexicano hacia Cuba. Montarse en una lógica más amplia asociada a Donald Trump le permite llevar agua a su molino.
Giménez, un político del sur de Florida, nació en La Habana y construyó su carrera en el ecosistema de Miami, donde la agenda anticubana es altamente rentable. Antes de llegar al Congreso fue alcalde de Miami-Dade County, y ha hecho de Cuba un tema recurrente que le reditúa: ganó su elección federal en 2020 y fue reelecto en 2022 y 2024 e irá a las urnas en noviembre próximo. Políticamente, este tipo de confrontaciones le salen baratas y le rinden.
En ese sentido, la queja pública por “no ser recibido” es parte del guión. La fotografía con marines funciona como utilería perfecta para ese relato para sus electores en Miami. No hay que sobredimensionarlo.
Miami no es Washington y Giménez no es Marco Rubio. La decisión de no recibirlo en Palacio es un mensaje igualmente claro: a los pares, como pares; a los que no, como lo que son. La Cancillería existe justamente para esto, para atender delegaciones, encauzar reclamos, escuchar planteamientos y, sobre todo, evitar que actores menores ejerzan presión directa sobre la Presidencia.
Si se concede el encuentro presidencial a un legislador que viene a construir provocación —y que además ha usado la coyuntura cubana para golpear a México e incitar a halcones— se le premia con lo que realmente busca: la foto, el título, la validación de que su presión funcionó. En Tlatelolco y Palacio Nacional leyeron a la perfección al congresista.
México sí tiene que ser quirúrgico y responsable en la relación bilateral, pero no a costa de regalar jerarquía diplomática a quien no la trae puesta.
Si un legislador hostil logra “arrancar” un encuentro presidencial, vuelve a su electorado con la prueba de que puede doblar agendas. Y eso, en cascada, incentiva a otros a replicar el método: venir a México, reclamar, presionar, escalar. Es decir, fabricar irritantes a demanda. No va por ahí.
Así que no: el asunto no confirma “torpeza” de la presidenta. Confirma disciplina de niveles y capacidad de lectura política. Aunque a Andrés Manuel López Obrador le encantaba recibir a todos en su despacho, saltándose a la SRE, en la coyuntura actual México se protege cuando no convierte a cada actor estadounidense en interlocutor directo de su jefa de Estado.
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Víctor Hugo Michel
Periodista de investigación y estudiante de seguridad nacional, he trabajado desde los 17 años en las redacciones de Milenio, Excélsior, Reforma y El Financiero Televisión, en donde fungí como director editorial. Escribí el libro Morir en Malasia en 2013 y he publicado reportajes en revistas como Nexos, Gatopardo y Esquire. Actualmente soy director de Información Nacional en Grupo Multimedios y conduzco el noticiero de las 22:00 horas los domingos en Milenio Televisión.